Si pudo ver el pasado debate entre los cabezas de lista a las elecciones europeas, seguramente habrá echado en falta un debate entre cabezas de lista a las elecciones europeas. Pero en mi caso, eché de menos otro tema: soy, como muchos ciudadanos españoles, una persona que pasa buena parte de su tiempo conectado a Internet.

No, no se dejen llevar por estereotipos desfasados: no soy un personaje taciturno y pálido debido a la excesiva exposición de mi piel a la luminosidad de la pantalla… La Red es complemento, no sustituto. Tenemos amigos, salimos a la calle y somos personas normales, aunque desarrollemos partes importantes de nuestra vida profesional y personal dentro de la Red.

Esa parte de la ciudadanía que considera Internet algo importante en su vida lleva tiempo viendo cómo algunos grupos de interés intentan alterar determinadas características de Internet, con el fin, dicen, de “ordenarlo”. ““Ordenar Internet”“, una frase que provoca temblores en todo usuario: Internet nació precisamente sin posibilidad de ordenación o control alguno. Estableció sus características en torno a un protocolo que consagraba la más absoluta y radical neutralidad, y que tiene como norma de identidad transmitir ciegamente un mensaje entre un origen y un destino.

“Ordenar Internet” es frase propia de mentalidades totalitarias, pero es además absurda: si “ordenas” Internet, deja de ser Internet y pasa a ser otra cosa más parecida a esa radio o a esa televisión donde sólo se puede emitir con la correspondiente licencia administrativa. Y, a pesar de lo obvio que parece el tema para cualquiera que conozca la Red, las presiones continúan: “paquete Telecom”“Ley HADOPI” , patentes de software y otras tantas amenazas que, en virtud de poderosísimos intereses económicos, siguen intentando ¿ordenar¿ una Red que no admite ordenamientos por su misma definición.

¿Cuál es el escenario de muchos de esos intentos de control? Precisamente el Parlamento Europeo que votamos en breve. Es ahí donde se generan directrices que posteriormente son traspuestas a la legislación de los estados miembros. En el ámbito de la Red, gran parte de la normativa emerge de esta institución, que adquiere un importante papel a la hora de regir los destinos del ecosistema online.

Pero el Parlamento Europeo es también un lugar donde lobbies de diversas industrias campan a sus anchas, intentando sesgar decisiones a favor de sus intereses. Un lugar donde necesitamos que nuestros representantes defiendan nuestros derechos en los temas que nos importan. La Red no es el único tema importante, pero sí cada día más significativo para más gente.

En estas elecciones europeas, una comunidad de usuarios de Internet que cada día representa más al ciudadano medio ve cómo su voto puede tener una influencia decisiva sobre el futuro de la Red.

Y, sin embargo, la Red está completamente al margen del debate político, desaparecida en el programa o presa de posiciones contradictorias. El problema ya no es que los candidatos no tengan una posición clara con respecto a la neutralidad de Internet, sino mucho peor: que no hablen del tema porque no sepan lo que es, significa e implica la neutralidad de la Red.

Un concepto tan simple como que los ciudadanos tengan derecho a que el tráfico de datos recibido o generado no sea manipulado, tergiversado, impedido, desviado, priorizado o retrasado en función del tipo de contenido, del protocolo o aplicación utilizado, del origen o destino de la comunicación ni de cualquier otra consideración ajena a la de su propia voluntad.

Que el tráfico deba tratarse como comunicación privada, exclusivamente analizable bajo mandato judicial, como correspondencia privada que es. En realidad, la neutralidad de la Red es pedir a Internet que siga siendo Internet. Ni más, ni menos.

Si la Red es cada día más importante y determinante en el desarrollo de la sociedad del futuro: ¿no deberíamos hacer un esfuerzo por garantizar la preservación de su naturaleza y por integrarla en el discurso político?