Por Donen Rike Dans

Errores tipográficos editados por Nexus 2.0

Puedes mirar hacia donde quieras: la palabra es CRISIS. Crisis financiera, riesgos empaquetados y revendidos con complejidades inextricables, crisis de confianza, crisis en el discurso político para tapar una mala gestión… la crisis es real y nos rodea.

¿Se debe de verdad la crisis a los desmanes de los profesionales de la arquitectura financiera y al descuido de las agencias de calificación? ¿Es una crisis de desgaste, de erosión de los sistemas de vigilancia, en el contexto de un mecanismo que seguirá funcionando como siempre una vez que pase esta mala racha ¿Podemos esperar ya con confianza a que escampe, a que pasen los nubarrones, y a ver aparecer esos brotes verdes que señalan otra primavera económica? Nada me gustaría más que enfrentarme a una nueva época expansiva, a un entorno de vacas gordas y elevada productividad. Pero el sentido común, por mucho que mi natural optimismo se empeñe, me indica que no es así. Mucho me temo que, tras intentar diagnosticarla con todos los instrumentos posibles, esta crisis no es meramente coyuntural, ni el fruto de un descuido: se trata de una crisis que marca el fin de una época y de todo un esquema económico.

Si dirigimos la mirada hacia la escena tecnológica, las paradojas y los “fenómenos extraños” surgen por doquier: es como si los mecanismos del progreso se hubieran desengranado de la maquinaria económica, como si los esquemas de la economía tradicional no fuesen capaces de evaluar, ni mucho menos de recoger, el valor cosechado por la innovación. Por un lado, vemos como Internet posibilita la colaboración entre personas para dar lugar a un sistema operativo, a un motor de búsqueda, a una enciclopedia, a una red social, a la más eficiente plataforma de distribución de contenidos de todos los tiempos… Pero por otro, vemos como el sistema económico tradicional, el que evolucionó desde el capitalismo post-industrial, se retuerce, chirría, e intenta dejar al margen esas “locuras”, queriendo considerarlas “pecados de juventud”, y atacando los mecanismos de funcionamiento de esa red que les da carta de naturaleza. ¿Internet desintermedia mi negocio tradicional, o directamente lo convierte en innecesario? Hay que cambiar Internet, debe ser “regulado” y “ordenado”, para conseguir que funcione igual que la economía de toda la vida. ¿La red cambia las reglas de los negocios y la relación entre los actores económicos? Debemos, en  coordinada respuesta, detener el progreso, lastrar las piernas de la red con pesos que le impidan saltar por encima de las restricciones que impone la tradición.

Las explicaciones son sencillas y hasta intuitivas: la red ha generado el mayor descenso de los costes de transacción y comunicación jamás conocido. Y la economía tradicional se basaba precisamente en eso: en los costes de transacción. Los costes de transacción están detrás de la creación de empresas, de sus estructuras, de las características de los mercados… vivimos, como el Nobel de Economía Ronald Coase nos demostró perfectamente, en una economía de costes de transacción. Y de repente, los costes de transacción caen, pierden importancia, dejan de ser métrica válida. Aparece toda una “economía de ciclos ociosos”, donde las personas colaboran simplemente porque pueden hacerlo, donde crean productos y servicios sin sujetarse a las restricciones de una economía tradicional que los mira como a bichos raros, como a extravagantes hippies, y que tras renunciar a entenderlo, se dedica a la vana tarea de intentar poner palos en las ruedas de esa máquina imparable llamada progreso.

Mientras los sectores económicos miran nerviosos a un lado y a otro para intentar ver si son ellos las próximas discográficas o las siguientes enciclopedias, mientras los ejecutivos intentan calcular la llegada del Apocalipsis y ver si, con un poco de suerte, les pilla después de su jubilación, la red sigue avanzando con pasos imparables, inmune a todo intento de control, generando sorprendentes migraciones de valor. No, la verdadera crisis no proviene del mal funcionamiento de la economía tradicional, sino de la aparición de una nueva. La red ocupa una parte cada vez mayor de nuestras vidas, y señala cambios en el entorno económico tan importantes como una glaciación. Si es usted un dinosaurio,  tome nota: adaptarse es complicado, pero no imposible. Ya puede ir preparándose.