sarkozyResulta verdaderamente curioso analizar el parco comunicado del Elíseo en relación al rechazo en el Parlamento de la Ley Hadopi, conocida como “three strikes”, que amenaza con condenar al ostracismo digital a aquellos internautas que sean encontrados descargando materiales sujetos a derechos de autor y que, para más gracia, tendrían que seguir pagando religiosamente entre dos meses y un año la conexión que ya no disfrutan.

El presidente Sarkozy “reafirma su compromiso con los derechos de los creadores y su voluntad de ver aplicada lo más rápidamente posible la ley Creación e Internet”. Traduciendo: que el Parlamento la haya rechazado le trae completamente al fresco. ¿Democracia? ¿Qué es eso? ¿Que es un no en el Parlamento sino un pequeño contratiempo? ¿Qué más da la voluntad popular expresada en la Cámara, cuando se puede hacer trampa esperando a que haya únicamente dieciséis diputados de un total de quinientos setenta y siete para que salga el resultado deseado? Esta curiosa reinterpretación de la democracia, cada día más habitual en regímenes populistas, permite supuestamente a quien está en el poder hacer caso omiso de la voluntad expresada por el pueblo y sus representantes, mediante el recurso al agotamiento: la presentamos diez veces, y en alguna de ellas, coincidirá que la matemática parlamentaria hará que salga la bola blanca. Ninguna mención hace Nicolás Sarkozy al hecho de que algunos diputados de su propio grupo votaron en contra de la ley, o a la carta abierta publicada hoy en Libération por una larga lista de artistas en contra de la ley en cuestión. ¿Para qué? Resulta evidente nada más verlo que ante la megalómana mentalidad del presidente francés, todos los que no piensan como él, están completamente equivocados.

Continúa el presidente Sarkozy diciendo que “la ley es fruto de un acuerdo alcanzado entre artistas, productores y empresas de telecomunicación”… Curioso, ¿no? ¿No falta nadie en esa lista? ¿Desde cuando un acuerdo alcanzado entre tres grupos económicos debe ir a misa independientemente de la voluntad popular? ¿No debería tener en cuenta la opinión de los usuarios, de los ciudadanos, de los que se supone que con su voto han llevado – desgraciadamente – al señor Sarkozy a ser presidente de la República Francesa? Como en tiempos pretéritos, hemos llegado a la máxima del despotismo ilustrado: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Pero el tercer párrafo tampoco tiene desperdicio: el presidente se refiere a la negativa parlamentaria como a “ridículas maniobras que tienen el único efecto de socavar la diversidad de la creación”. La elección de las palabras vuelven a dejar claro el “impresionante respeto” a la Cámara y a la democracia del presidente del país vecino, además de la incoherencia de pretender defender “la diversidad de la creación” consiguiendo que sean unos pocos, los mismos de siempre, los que puedan crear.

El intento de aplicar leyes producidas artificialmente hace cien años para proteger a la industria de los copistas a un entorno como el actual en el que el valor de una copia es igual a cero produce cada día incoherencias más sonadas. Mientras en España el partido en el gobierno, supuestamente de izquierdas, utiliza a los artistas con fines electorales y defiende después sus intereses llegando incluso a designar a una ministra escogida de entre sus filas más radicales, en Francia son precisamente los diputados de izquierdas los que se oponen a una ley impulsada por un gobierno de derechas. En realidad, todo da igual cuando se trata de defender un único concepto, en el que coinciden la industria y los políticos: el de CONTROL. Como de manera tan elocuente demuestra Nicolás Sarkozy en su parco comunicado, eso de la democracia es un concepto cada día menos importante…